La Muerte de la Curiosidad
¿Qué quieres hacer y para qué?
La orientadora del colegio disparaba esta pregunta a quema ropa a todo aquel estudiante del último grado de bachillerato, aludiendo a la etapa que estamos próximos a empezar.
Era su trabajo después de todo, encaminar correctamente al que aún no sabía qué camino elegir.
Es irónico saber que, aun después de adultos, seguimos buscando la respuesta a esta pregunta, solo que ya no los llamamos orientadores, sino psicólogos, sacerdotes, mamá o papá.
“Yo quiero ser abogado… doctor… ingeniero…” respondíamos enérgicamente. Ajá, ¿y para qué? Pregunta notablemente más abstracta que la primera, aunque muchas veces respondida con dejadez. Dentro del abanico de muy buenas razones de aquellos que la tenían clara, habían un par de respuestas que, al menos en la época en que estaba en el colegio, eran muy comunes: para tener un buen trabajo, para ser alguien en la vida.
No tengo que enfatizar lo desacertado de esta lógica si me pregunto lo mismo 15 años después.
Pienso que es una creencia heredada de anteriores generaciones, para ellos el camino óptimo a seguir era ir a la universidad.
Poniendo el contexto de otra época, unos 80 años atrás, muchos eran campesinos, obreros o comerciantes informales que, al compararse con los contados profesionales en práctica de ese entonces, la conclusión es más que lógica.
En otras palabras, el pobre trabaja más y cobra menos porque no estudió.
Para aquellos que estaban del otro lado de la calle, estos profesionales que la sociedad llamó doctores, muchas veces sin haber cursado un doctorado, llegaron a la misma conclusión bajo otro razonamiento: “la pluma pesa menos que la pala mijo”, ese fue su decir.
No quiero decir con esto que la lógica de nuestros padres sobre cómo escoger el estilo de vida más fácil y seguro económicamente sea errónea, en lo absoluto, solo que los tiempos han cambiado, cambiaron más rápido de lo que se acaban las empanadas de la abuela en una reunión familiar.
Y aquel muchacho heredero de ese pensamiento, que se vio inmerso en la franja de esa transición, hoy choca con la realidad del sistema reinante:
- Es ingeniero aeroespacial, pero no hay cohetes que construir.
- La competitividad en un mercado donde semestre tras semestre suma nuevos competidores.
- Lidiar con la propia expectativa rota de salarios que no se correlacionan con nuestro esfuerzo académico.
- Es más rentable ser Uber que abogado o contador.
Entonces, si los tiempos han cambiado, ¿por qué deberíamos ir a la universidad?
La respuesta: no necesariamente deberíamos.
La anterior pregunta está mal formulada deliberadamente, una pregunta acertada debería ser: ¿por qué deberíamos aprender?
Esta, en sí misma es una pregunta más enriquecedora, y la respuesta es que, nunca deberíamos dejar de aprender y sentir curiosidad por descubrir algo nuevo.
Si debería resumir este post en una única frase sería precisamente: “Nunca pares de aprender”
Fuera de que sea en la universidad, el trabajo, un tutorial en YouTube o un consejo de vida que un familiar nos dio.
¿Dónde quedó el impulso que nos incitaba a ser exploradores del conocimiento?
La muerte de la curiosidad
Por allá cuando yo estudiaba 9no de bachillerato, mi profesor de química habló de este fenómeno y decía: “ahh pero, ¿de quién es la culpa? De los padres. Estos que, cansados de las preguntas fastidiosas o por no tener la respuesta en el momento, aquietaban al muchacho con un: ¡AYY, YA DEJA LA PREGUNTADERA! Y se nos quitaban las ganas de volver a preguntar”. Asociamos preguntar con algo malo que se debe evitar.
Quizás cierto, al menos parcialmente. Yo tengo una teoría complementaria: no son nuestros padres, somos nosotros mismos quienes acallamos nuestra curiosidad cuando crecemos.
No sé qué ocurre internamente en la pubertad, pero en algún punto entre la infancia y la adolescencia muere la curiosidad.
Si me viera en este momento hablando con un psicólogo, su respuesta resuena en mi mente como: “la mente es un fino mecanismo que optimiza el uso de la energía, el pensamiento racional y curioso es el equivalente a tener un ruidoso motor V12 de un Camaro que consume 20 litros de gasolina en 10 kilómetros, cuando para andar, solo necesitas una patineta eléctrica; eficiencia energética en su máxima expresión”.
El fenómeno de la muerte de la curiosidad no ocurre solo, tampoco, sino que se ve catalizado por el robo de la atención. ¿Cómo enfocarse por horas en una actividad que lo amerite cuando nuestra ventana de atención está programada por un algoritmo a no más de 1 minuto? Esto no es algo nuevo, antes de las redes sociales había otras herramientas que capturaban nuestra atención, solo que ahora es digital. Una amiga una vez me dijo: “no deberías ver las redes sociales apenas despertar”. ¿Por qué? -Pregunté yo- “Es malo” -dijo- Ya ahora entiendo por qué.
Adrenalina para revivirla.
No sé en qué momento en la sociedad se arraigó la creencia de que aprender era estudiar por años, siempre aprendemos. Y muchas veces de manera involuntaria: diferenciar el cilantro del perejil es aprender, investigar en qué se usa el cilantro y en qué casos el perejil es reforzar ese conocimiento que te lleva a descubrir nuevos ingredientes, experimentar con recetas a crear tu propio estilo de cocina. Si no hablara de perejil y cilantro, este podría ser exactamente la historia de vida de un prominente químico, un niño que se preguntó en algún momento: ¿por qué la sal es salada y el azúcar dulce?
A hacer se aprende haciendo. No basta solo con preguntarse, hay que poner manos a la obra, usar nuestros 5 sentidos a la orden de la masa gris. Si es una habilidad práctica, paciencia y constancia. “Soy el mejor músico de todos los tiempos”… dijo nunca nadie que se haya tomado la música seriamente sin practicar.
La lectura no pasa de moda, en este sentido, “hacemos las cosas por las razones equivocadas”, frase que aquí aplica perfectamente. No quiero leer por la vanidad de aparentar intelectualidad, ni coleccionar medallitas como logros de videojuego. Leo como una conversación con alguien que tiene algo interesante que decir, sin juzgar ni estar de acuerdo o en desacuerdo con lo que se diga, para ampliar mi rango de visión cerrada por las antojeras de mis propias creencias.
Aprender algo desconocido es como viajar a un país virgen y exótico, deslumbrarte por aquello que nunca antes habías observado con atención, esto aplica tanto para conocer cosas, lugares y personas, no en vano se dice que cada persona es un mundo. Soy J y mi mente es K diciendo: “Hace quinientos años todo el mundo sabía que la Tierra era plana. Y hace quince minutos tú sabías que la gente estaba sola en este planeta. Imagina lo que sabrás… mañana”.
Finalmente, solo puedo decir que no hay un camino único. Esta es una de esas situaciones en la que la experiencia de unos podría no encajar en la vida de otros. Para mí, leer me lleva al debate filosófico conmigo mismo, y es tanta la información que necesito drenarla en algún sitio. Así nació la idea de este blog, pero me gustaría saber: ¿qué alimenta tu curiosidad?